
Para entender la ideología de los dirigentes de las grandes potencias en el mundo de la era post-Bush, hay que leer esta crónica de Andrés Ortega publicada en el diario "EL PAÍS" el 19 de diciembre de 2007. A continuación se podrá leer un resúmen editado.
Antes recordar que, el realismo en relaciones internacionales es una escuela de pensamiento cuyo centro es el interés del Estado. Para los "neocons" el interés supremo es la defensa de lo que consideran moralmente bueno.
El resúmen de la crónica:
Los neoconservadores se habían dedicado a cambiar el mundo. Ahora los realistas se van a limitar a gestionarlo. La Administración Bush ha girado desde hace algunos meses hacia el realismo, pero también otros gobiernos se han sumado, como el de Sarkozy. Para el ex neocon reconvertido a realista Robert Kagan, "el mundo se ha vuelto de nuevo normal".
En el caso de la Administración Bush, el giro viene forzado por su fracaso en Irak. En parte es el resultado de la presión de los realistas que aconsejaban al padre; de los que aconsejan al hijo, como Condoleezza Rice; y de los ideólogos del neoconservadurismo, tornados ahora en neorrealistas. Fukuyama rompió hace tiempo, Kagan, que acuñó la frase de que "los americanos son de Marte y los europeos de Venus" no ve un regreso al balance of power, pero sí a un realismo basado en el poder, duro y blando.
Esta visión es compartida por algunas de las potencias emergentes como China o Rusia, pero también se reafirma en el discurso de Brown, y en los contratos millonarios para empresas francesas de la política exterior de Sarkozy. Incluso se percibe este realismo en el nuevo discurso que emana ahora de muchos países africanos que tienen materias primas.
La seguridad energética -tanto de suministros como de precios- ha estado siempre en la base de la política realista. Véase el giro geopolítico de la construcción de un oleoducto de Kazajastán a China, con lo que por primera vez le llegaría petróleo al gigante asiático por tierra, reduciendo su dependencia en un mar controlado por Estados Unidos, como han puesto de relieve diversos analistas.
Hans J. Morgenthau, en su clásico Politics Among Nations, cuya primera edición data de 1948, definió los principios del realismo político, el central de los cuales es "el concepto de interés definido en términos de poder". No significa que ignore la moral, o lo deseable. Sólo que rechaza "identificar las aspiraciones morales de una nación con las leyes morales que gobiernan el universo".
Quizás el mayor impulso para la defensa de los derechos humanos quede en las ONGs y en esa sociedad civil global que se está creando, pues aunque volvamos a un realismo de Estados, el mundo ha cambiado y los actores no estatales -algunos sumamente nocivos como los grupos terroristas o el crimen organizado- han ganado un protagonismo que tiene una difícil vuelta atrás. El nuevo realismo va a resultar mucho más complejo de llevar a cabo.
La política exterior de Estados Unidos siempre ha oscilado entre el realismo y el idealismo. Los neocons aprovecharon el ataque del 11-S para intentar cambiar Oriente Medio a partir de Irak. Bush despreció el conflicto entre israelíes y palestinos para concentrarse en la invasión del país mesopotámico que irradiaría la democracia sobre la región, al final de su mandato, Bush quiere salvar su paso a la historia, y vuelve a dar prioridad a un proceso de paz entre israelíes y palestinos. Aunque lo máximo que cabe esperar es volver a empezar, a encauzar, un proceso de paz.
Estados Unidos ha pasado, del idealismo neoconservador al realismo post-Bush. No es algo especialmente atractivo; el realismo nunca lo es. Pero quizás es lo menos malo, ante un mundo que, como señala Pierre Hassner, ha entrado en la era de la "potencia relativa" y en el que es "más difícil aplicar las categorías de amigo o enemigo" (por ejemplo, EE UU frente a China).
Como refleja en un magnífico libro el filósofo británico de la política John Gray (Black Mass: apocalyptic religion and the death of Utopia, 2007), los neocons bebieron del pensamiento religioso apocalíptico, que ha renacido en el mundo sea para Al Qaeda, sea para estos idealistas de la derecha americana. Bush pensaba "no sólo que el mal existe sino que puede ser destruido".
Los neoconsservadores intentaron usar la fuerza para imponer la utopía. Han fracasado, ignorando el profético aviso de Robespierre en 1792, dos años antes de ser guillotinado, contra los peligros de tratar de exportar la libertad por la fuerza de las armas.
¿Qué viene después? Gray, adelantándose a lo ocurrido llamaba a recuperar la tradición perdida del realismo: "La consecución de la Utopía debe ser reemplazada por un intento de tratar con la realidad", ya sea el terrorismo, la proliferación de armas nucleares u otros desafíos.
El realismo sirve para navegar, no para llegar a ningún puerto ni para cambiar el mundo. Pero puede ser mejor no tener respuesta, a apasionarse por una equivocada.
Antes recordar que, el realismo en relaciones internacionales es una escuela de pensamiento cuyo centro es el interés del Estado. Para los "neocons" el interés supremo es la defensa de lo que consideran moralmente bueno.
El resúmen de la crónica:
Los neoconservadores se habían dedicado a cambiar el mundo. Ahora los realistas se van a limitar a gestionarlo. La Administración Bush ha girado desde hace algunos meses hacia el realismo, pero también otros gobiernos se han sumado, como el de Sarkozy. Para el ex neocon reconvertido a realista Robert Kagan, "el mundo se ha vuelto de nuevo normal".
En el caso de la Administración Bush, el giro viene forzado por su fracaso en Irak. En parte es el resultado de la presión de los realistas que aconsejaban al padre; de los que aconsejan al hijo, como Condoleezza Rice; y de los ideólogos del neoconservadurismo, tornados ahora en neorrealistas. Fukuyama rompió hace tiempo, Kagan, que acuñó la frase de que "los americanos son de Marte y los europeos de Venus" no ve un regreso al balance of power, pero sí a un realismo basado en el poder, duro y blando.
Esta visión es compartida por algunas de las potencias emergentes como China o Rusia, pero también se reafirma en el discurso de Brown, y en los contratos millonarios para empresas francesas de la política exterior de Sarkozy. Incluso se percibe este realismo en el nuevo discurso que emana ahora de muchos países africanos que tienen materias primas.
La seguridad energética -tanto de suministros como de precios- ha estado siempre en la base de la política realista. Véase el giro geopolítico de la construcción de un oleoducto de Kazajastán a China, con lo que por primera vez le llegaría petróleo al gigante asiático por tierra, reduciendo su dependencia en un mar controlado por Estados Unidos, como han puesto de relieve diversos analistas.
Hans J. Morgenthau, en su clásico Politics Among Nations, cuya primera edición data de 1948, definió los principios del realismo político, el central de los cuales es "el concepto de interés definido en términos de poder". No significa que ignore la moral, o lo deseable. Sólo que rechaza "identificar las aspiraciones morales de una nación con las leyes morales que gobiernan el universo".
Quizás el mayor impulso para la defensa de los derechos humanos quede en las ONGs y en esa sociedad civil global que se está creando, pues aunque volvamos a un realismo de Estados, el mundo ha cambiado y los actores no estatales -algunos sumamente nocivos como los grupos terroristas o el crimen organizado- han ganado un protagonismo que tiene una difícil vuelta atrás. El nuevo realismo va a resultar mucho más complejo de llevar a cabo.
La política exterior de Estados Unidos siempre ha oscilado entre el realismo y el idealismo. Los neocons aprovecharon el ataque del 11-S para intentar cambiar Oriente Medio a partir de Irak. Bush despreció el conflicto entre israelíes y palestinos para concentrarse en la invasión del país mesopotámico que irradiaría la democracia sobre la región, al final de su mandato, Bush quiere salvar su paso a la historia, y vuelve a dar prioridad a un proceso de paz entre israelíes y palestinos. Aunque lo máximo que cabe esperar es volver a empezar, a encauzar, un proceso de paz.
Estados Unidos ha pasado, del idealismo neoconservador al realismo post-Bush. No es algo especialmente atractivo; el realismo nunca lo es. Pero quizás es lo menos malo, ante un mundo que, como señala Pierre Hassner, ha entrado en la era de la "potencia relativa" y en el que es "más difícil aplicar las categorías de amigo o enemigo" (por ejemplo, EE UU frente a China).
Como refleja en un magnífico libro el filósofo británico de la política John Gray (Black Mass: apocalyptic religion and the death of Utopia, 2007), los neocons bebieron del pensamiento religioso apocalíptico, que ha renacido en el mundo sea para Al Qaeda, sea para estos idealistas de la derecha americana. Bush pensaba "no sólo que el mal existe sino que puede ser destruido".
Los neoconsservadores intentaron usar la fuerza para imponer la utopía. Han fracasado, ignorando el profético aviso de Robespierre en 1792, dos años antes de ser guillotinado, contra los peligros de tratar de exportar la libertad por la fuerza de las armas.
¿Qué viene después? Gray, adelantándose a lo ocurrido llamaba a recuperar la tradición perdida del realismo: "La consecución de la Utopía debe ser reemplazada por un intento de tratar con la realidad", ya sea el terrorismo, la proliferación de armas nucleares u otros desafíos.
El realismo sirve para navegar, no para llegar a ningún puerto ni para cambiar el mundo. Pero puede ser mejor no tener respuesta, a apasionarse por una equivocada.
